Cambio climático y enfermedades infecciosas

Autor: Ing. Eduardo Guevara

Desde que inició el año, no se ha dejado de hablar de la pandemia del coronavirus que empezó en China, el COVID-19. Y no es para menos, pues hasta el momento en que se escriben estas líneas se han reportado más de 1.37 millones de casos en prácticamente todos los países y ha habido más de 64,500 personas fallecidas. Adicionalmente, ha tenido un impacto muy importante en diversas industrias y en los mercados financieros, consecuentemente, ha afectado a las economías de distintos países. Como su nombre lo indica, el COVID-19 forma parte de la familia de los coronavirus. Sin embargo, los virus no son los únicos agentes biológicos capaces de provocar infecciones.

Las enfermedades infecciosas son producidas por microorganismos denominados patógenos, los cuales se alojan en un organismo huésped, causando daños. Estos microorganismos pueden ser bacterias, virus, hongos, parásitos y priones. A lo largo de la historia, se han presentado múltiples epidemias en el mundo, lo cual ha impulsado a la comunidad científica al desarrollo de vacunas, antibióticos, antivirales y medicinas para el tratamiento y la prevención de estas enfermedades. Además, es bien conocido que estas enfermedades pueden ser transmitidas por vectores, como los mosquitos, las pulgas o las moscas; pero es importante recordar que igualmente pueden transmitirse a través del agua.

Existen dos elementos fundamentales del clima que influyen en el comportamiento de los microorganismos patógenos: el primero es la lluvia, que influye en el transporte y la diseminación de los agentes infecciosos; el segundo es la temperatura, que afecta su crecimiento y supervivencia (World Health Organization, 2020). El cambio climático implica la modificación en los patrones de ambos fenómenos, lo cual provocará alteraciones en la forma en que se transmiten estas enfermedades. Hay extensos estudios al respecto en los que se han reportado diferentes conexiones entre las enfermedades infecciosas y el cambio climático y, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se dividen en tres categorías: Evidencias de las recientes asociaciones entre variabilidad climática y la ocurrencia de enfermedades infecciosas; indicadores de enfermedades infecciosas emergentes asociadas con el cambio climático y finalmente, modelos predictivos utilizando las evidencias recopiladas en las dos categorías anteriores y los escenarios de cambio climático.

Algunos indicadores de la conexión entre el cambio climático y las enfermedades infecciosas incluyen el incremento en la extensión geográfica de los vectores, como la encefalitis transmitida por garrapatas en Suecia; la enfermedad de Lyme en el este de Canadá y la malaria en las tierras altas de Kenia. Adicionalmente, se están investigando relaciones de causalidad entre los brotes de cólera y las altas temperaturas producidas por el fenómeno de El Niño.

Resulta interesante reflexionar que la relación entre el clima y las epidemias se ha sabido desde el siglo XIX, e incluso esto se manifiesta hasta en el lenguaje. Por ejemplo, la palabra “malaria” proviene del latín “aire malo” y, por otro lado, cuando tenemos un cuadro clínico de congestión nasal, irritación en la garganta, tos o dolor de cabeza, hablamos de que tenemos un “resfriado”. Ahora bien, además del incremento en el alcance geográfico de los vectores transmisores de enfermedades infecciosas, hay otro efecto del cambio climático que eventualmente podría desencadenar una pandemia y que debemos tener en mente.

Resulta que hay zonas de la Tierra en donde el suelo se encuentra congelado de manera permanente (de ahí su nombre en inglés (permanent frozen soil, permafrost), los materiales térreos se amalgaman con ayuda del hielo y constituyen una capa de suelo que se mantiene congelada gracias a las bajas temperaturas. Ahora bien, en estas capas hay bacterias y virus atrapados desde hace miles o millones de años. El lector tal vez se pregunte cómo fue que esas bacterias y virus llegaron ahí y en algunos casos, Homo Sapiens tiene un grado de responsabilidad. Cuando había muertos por las epidemias, enterraban los cuerpos en lugares cercanos a estas zonas de suelo congelado. Ese es el caso de la bacteria Bacillus anthracis, que ocasionó un brote en Siberia entre 1897 y 1925. Sin embargo, pueden estar almacenados virus y bacterias más antiguos, los cuales no conocemos con detalle y que son potencialmente peligrosos. Como es bien sabido, la temperatura global de la Tierra está incrementando, y en particular en estas zonas. En consecuencia, existe una posibilidad de que ocurra una liberación de virus y bacterias, viejos y nuevos, que podrían ocasionar brotes epidémicos de alcance global.

En resumen, es claro que el cambio climático tendrá impactos en la salud humana directamente por las ondas de calor, las inundaciones y el acentuamiento de problemas de contaminación. Sin embargo, no debe perderse de vista la relación tan estrecha que tiene con los vectores de enfermedades infecciosas y con los microorganismos patógenos. Comprender estas relaciones es vital para nuestra supervivencia, establecer medidas de mitigación contra el cambio climático también lo es. Si no lo hacemos, el destino nos alcanzará y, a diferencia de los virus y bacterias, nosotros no podremos descongelar a a Alexander Fleming para resolver la siguiente pandemia.

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